Haciendo memoria (3: “Tierras de la memoria” – acerca de “La primavera” de Reggiani y Terranova)

Cuenta Borges que el episodio protagonizado por el Primer Emperador Shih Huang Ti lo satisfizo y lo inquietó: parece que las dos acciones que dan a Shih Huang Ti su relevancia y particularidad histórica, que lo hacen digno de recuerdo, son haber quemado todos los libros anteriores a él y erigido la Muralla China. La abolición de una memoria y la delimitación de un espacio geopolítico son un gesto que el “chicato nacionalista” analiza en relación de continuidad y sin contradicción: ambos son una misma operación de escritura, de borrado y (re/de)marcación.

Un punto desde el que empezar, entonces: la maleabilidad de la memoria y su relación con un espacio. En un país en el que tenemos museos de la memoria, comisiones por la memoria, monumentos de la memoria, no nos es difícil asociar la memoria a cierta geografía, pero nos es bastante fácil olvidar que La Memoria (ese archivo tan impreciso como palpable) es algo que se construye: ¿quién decide qué recordar? ¿quién decide dónde recordar? ¿quién decide de qué manera recordar? Son muchas decisiones que no siempre tomamos, ni solemos hacerlo concientemente.

En “La primavera” (la primera de las historietas reunidas en el volumen “Dos estaciones”) hay un ejercicio de conciencia. Quisiera pensar/escribir, desde esta idea, una lectura posible.

Un eje desde el que atacar la historieta puede ser el “viaje”: el trayecto del protagonista me hace pensar en una espacialización de la cronología de la historia política argentina. Alfonsín como punto de partida y de llegada: su muerte en el tiempo presente del relato abre la puerta al segundo tiempo que es el de la historia de la democracia. El protagonista de la historieta examina nombres propios de actores políticos de los años ochenta, los repite, los descompone. Juega un juego fónico: contar sus sílabas como si fueran versos, pero cuidado porque “repetir hasta el exceso es entrar en pérdida, en el cero del significado” escribió Barthes en El placer del texto (p.68). Por la boca del protagonista pasan nombres, consignas, cantitos, repitiéndose hasta no significar nada, descomponiéndose hasta su desaparición.
El recuerdo de la historia de sus calzados está lleno de imprecisiones, la secuencia de viñetas repite sus piés con diferentes calzados hasta que sólo queda una huella en la arena (componiendo una escritura puesta al lado de ese “Fede” y ese “Pincha puto”, que quizás nos permita adjudicarle nombre y club de fútbol al protagonista).
Con Luisa Albinoni entra “el tramo menemista”, quizás el más demencial porque la palabra “Menem” lo ocupa todo, es como un Zahir histórico: nadie puede pensar en otra cosa, todos los espacios de la historia los llena ese nombre: las elecciones del ’84, las del ’89, el “hoy” del relato: siempre “Menem”, todo “Menem”. “Menem” funciona como negación. Negar es algo que ese petiso bigotudo que guía al protagonista hace seguido. Repetir y negar: dos estrategias para manipular la memoria.
Otro recuerdo signado por la repetición: cuando el protagonista se cubre de la lluvia con una revista El Tony, recuerda su colección de Nippur y dice que “los copiaba en un cuaderno Gloria”. Hay una dinámica de la repetición y la descomposición: cuando cuenta que dejó de comprar El Tony para comprar “revistas con tetas” cuando empezaba la democracia, la secuencia encabezada por un Nippur de cuerpo entero va a mostrar cómo sus pectorales se transforman en tetas y unas estrellitas (muy de vedette) le cubren los pezones. Pero Nippur ya no está más.
Y al llegar al velorio, el muerto (reaparición o repetición) se nos muestra distinto, sin manos: Alfonsín ya no es Alfonsín, aparece peronizado: el muerto es múltiple y heterogéneo, está en mezcla.
Vuelve Luisa Albinoni y con su regreso aparece la Alianza, el tema de los anillos. La Alianza que se rompe si los anillos (y las intenciones) no van en/de la mano.
¿El final? El asqueo de la repetición. El cero de significado. El contra-sentido.

Un ejercicio de conciencia, dije. Y lo repito: hay un ejercicio de conciencia. Parece rara la frase. A la conciencia hay que ejercitarla. En “La primavera” hay una cartografía de esa memoria política que se desvanece, una puesta en escena brevísima (intensísima) de un proceso extenso e imperceptible. Quizás por eso es que el protagonista parezca loco, pero no: cualquiera de nosotros (sí, incluso los más pibes como yo) sometido a la necesidad de narrar brevemente, de hacer consciente nuestra historia política, evidenciaría inconsistencias, rayaría con la locura (la coherencia: esa obligación de los discursos razonables).

Hay textos que tienen una virtud, casi mágica, de descubrir zonas de la realidad (como quien des-cubre muebles tapados con sábanas en una habitación). Hacer visible las inconsistencias de una memoria política vacilante (estoy tentado de decir “nuestra”, pero me parece demasiado) es un mérito grandísimo, suficiente como para que se imponga leer “La primavera”.

[Post Scriptum: quería escaparme de la necesidad de hablar del Libro, como si esa unidad de lectura fuera lo único que nos domina en la crítica de historietas. El eje de análisis que elegí me era relativamente cómodo porque evitaba mostrar que muchos de los nombres que aparecen en la historieta no los conozco: soy joven e ignorante, qué se le va a hacer. Eventualmente voy a repasar “El invierno”, la otra historieta que hay en el volumen, y referirme a un resto, algo que escapa al análisis de cada historieta en particular pero que hace sentido al posicionarlo entre las dos: el pibito de la portada, que si está ahí quiere decir que es importante.]

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Publicado el junio 26, 2011 en haciendo memoria. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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