De eso mejor no hablar…

Derrida decía que la literatura virtualmente podía (agreguemos: las artes de la escritura podían) decir más o menos lo que quería de la forma en que quería. Esa es una rara virtud y al mismo tiempo una rara carga. También es una forma un poco hippie de pensar, porque siempre aparecen contra-discursos que buscan limitar aquello que fue dicho en y desde esa libertad virtual del arte de la escritura. Pero de alguna manera yo adhiero a esa idea. El límite de nuestra capacidad de decir, si es que hay alguno, probablemente sea el Otro (o nuestra idea de aquello que a ese Otro puede llegar a molestarle).


Hace un par de días, una tira cómica dibujada por Gustavo Sala armó un revuelo tremendo que llegó a descalificaciones e impugnaciones bastante violentas de parte del titular de la AMIA que incluían insultos a la inteligencia de Gustavo. Más allá de lo mucho que me preocupan este tipo de reacciones, que me hacen pensar que a pesar de todo no hemos aprendido nada, me llama la atención el calificativo “antisemita” que se le achacó a la tira. Me llama la atención porque parece que hablar de judíos ya es incurrir en antisemitismo: la tira no realiza ningún tipo de valoración acerca de la comunidad. Al contrario, se inserta en el contexto histórico del exterminio llevado adelante por el partido Nazi y, a partir de una des-colocación (la presencia de “David Gueto”, sátira clara de David Guetta) hace estallar el lugar común del campo de concentración como lugar de muerte y sufrimiento.

Ir en contra de los sentidos cristalizados. ¿Quería Sala negar la verdad del exterminio, o, a lo sumo, sus circunstancias terribles? Difícilmente. Quién sabe. ¿Quería Sala afirmar todo aquello que ya se dijo, que el sentido común sabe sobre el exterminio? Yo diría que no. Pero parece del exterminio sólo se puede hablar siempre y cuando se diga que fue terrible, que fue un infierno, que fue un horror. Ya sabemos lo que decía Barthes acerca de “obligar a decir”.

La trayectoria humorística de Sala, si leemos todas sus tiras en conjunto como un gran texto, pasa un poco por hacer humor mostrando y diciendo aquello que no se puede decir o mostrar: saltando a un lado y al otro del tabú. Desde curas pedófilos hasta fetos deformes, pasando por toda clase de prácticas sexuales y sátiras de todos los tipos de discriminación habidos y por haber, Sala ha rozado muchísimas zonas de lo “no decible” para nuestra cultura. De hecho estoy seguro que ya debe haber hecho algún otro chiste con judíos igual o más zarpado que este. Pero éste es “antisemita”, claro.

Se supone que estamos en un país en el que se puede decir lo que se quiere. Después de un tiempo largo de limitaciones de lo decible, el festejo de la vida en democracia y en libertad de expresión debería ser alguna forma de debate, y no este intercambio de impugnaciones, negaciones y condenas. Pero, claro, ciertas atribuciones institucionales, ciertos protectorados temáticos, ciertos secretos bien guardados, no deben ser violentados.

La verdadera libertad de expresión va a existir efectivamente cuando no haya secretos, cuando no haya tabúes lingüísticos, cuando no haya cosas de las que mejor no se habla.

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Publicado el enero 22, 2012 en Reflexiones que parecen importantes. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Personalmente me pareció muy innecesario el chiste. Estoy en contra de toda paranoiqueada respecto a la discriminación a cualquier grupo, basada en el solo hecho de haberlo nombrado. Pero en este caso, creo que a partir del tecer cuadrito, lo gracioso que podía llegar a tener la asociación “Gueto-Guetta” y la contextualización absurda del DJ en un campo de concentración nazi se pierde cuando lo hacen entrar a Hitler como un personaje sádico al que la situación lo divierte de manera macabra (y no inocentemente o por desconocimiento como se puede creer del DJ al principio).
    Realmente si a mí o a un pariente mío lo hubieran torturado de esa manera, no me parecería lindo el diálogo triunfante del final ni la alusión a los jabones.
    No creo que Sala sea antisemita y que use este chiste como una forma de burlarse o humillar a los judíos, pero fue bastante tarado al no notar que cualquier antisemita tranquilamente se puede sentir identificado y alentado por esto.
    Reitero que a partir del tercer cuadro y no antes, el objeto de burla pasa de ser el DJ y su banalidad a ser el judío obligado a bailar. Así me sucede a mi.

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