Los caminos de la parodia (o “cómo no hablar de Peter Kampf”)

Cito el comienzo del texto “Peter Kampf: la historieta como profecía” de Javier Benyo, publicado al final del “Peter Kampf lo sabía” de la editorial Ojodepez!:

Cuando una disciplina artística reflexiona sobre sí misma se abren ante ella dos opciones. Puede volverse paródica o puede incurrir en la crítica política. La primera elección es la más amable. Se apela a la complicidad del público, y se exponen los clichés del género exagerándolos para lograr el efecto humorístico tranquilizante. Gracias al efecto de comicidad, tanto el autor como el lector retornan aliviados a la comodidad de sus convicciones originales. No es extraño que la parodia se reduzca, en términos generales, a un sobrevuelo crítico que garantiza de antemano que al final todas las piezas volverán a estar en su lugar original. Todo el cuestionamiento que se esboza en las obras de este tipo se diluye sin mayores consecuencias. Planteada de esta manera, la parodia es una salida fácil que halaga el conocimiento del lector y lo reconcilia con el género.
La opción política es la más inhabitual, pero sus efectos suelen ser más insidiosos y duraderos. En la medida que una obra de este estilo logra difusión, nadie sale indemne del cimbronazo que provoca en las reglas estructurales del género. Es entonces cuando se puede hablar de obras revolucionarias que ocasionan un movimiento telúrico capaz de reacomodar las fichas en las distintas ramas del arte. Estas obras se convierten en prismas con los cuales se mira retrospectivamente la historia de un arte, al mismo tiempo que funcionan como el basamento a partir del cual se edificarán los textos más valiosos del futuro. Si la parodia es la válvula de escape que oxigena la normalidad genérica, el propósito explícito de la obra politizada es inquietar los ánimos. Para lograr esto se exhibe la trama oculta de las normas que rigen la construcción de la discursividad social.

Leo y releo y trato de ser indulgente pero no puedo: no estoy para nada de acuerdo con lo que escribe Benyo. En particular, no estoy de acuerdo con el valor que le da a la parodia como procedimiento. Pero, ya que estamos, puedo consignar otras cosas que no me gustan.

Por empezar, no entiendo el par “parodia vs. obra política” resultante de la autorreflexión de una obra de arte en tanto que tal. No lo entiendo porque no veo qué tienen que ver, cuál es la relación que las convierte en posibilidades antagónicas. Bajtín habló de “parodia vs. estilización” según la intención más o menos polémica de una obra para con otra. La historia del arte nos habla de la bizantina oposición “arte puro vs. arte comprometido”, que sería la que Benyo sigue de cerca. O sea: un arte se vuelve sobre sí y produce una primera revolución, entonces se vuelve político (hasta ahí, razono con Benyo) y produciría una segunda revolución (o estaría profundizando esa revolución), pero podemos decir (con Ranciere) que ya era político, que todo arte es político y cumple una función política. De modo que: ¿hay tal revolución?

Entonces, bueno, habría que pensar que ese volverse político después de la autorreflexión, como plantea Benyo, en realidad supondría una revolución más bien superficial, o que sucede en la superficie: una obra de arte, para Benyo, será política cuando, como en el caso de “Peter Kampf…”, realice alusiones más o menos directas y más o menos obvias a la política, a un estado de lo político o de lo histórico.

Y no voy a hablar de lo vaga y hasta falaz que me parece la idea de que, ante una instancia de autorreflexión, tomar la ruta de la parodia es más frecuente que tomar la ruta de la politización. No hace falta una revisión demasiado exhaustiva de la historia del arte para que, por lo menos, aparezcan unas cuantas dudas…

Pero mi título habla de la parodia, y lo que yo quiero es hacer una pequeña apología de la parodia.

La primera pregunta que me surge es: ¿por qué la parodia es una elección amable y halagüeña?

Hay una parodia de la que no me voy a olvidar nunca: la famosa enumeración que hace Borges en “El idioma analítico de John Wilkins“. Digo que “parodia” porque, si en una enumeración clasificatoria se supone que tiene haber un cierto orden, en esta no lo hay. Y ese pedacito del ensayo es bastante inclemente con el lector, porque, como años más tarde nos explicó tan bellamente Foucault, esa enumeración caótica nos está hablando de que nuestra forma de clasificar también es absurda. Y si hablar es clasificar… ¿Qué retorno posible hay a unas convicciones originales después de esta parodia?

Pero hay otra pregunta: ¿por qué la parodia no es política?

Supongamos una historieta paródica del género policial. Tenemos que considerar al género como una serie de coordenadas (determinaciones temáticas, retóricas, materiales, estilísticas) que se imponen a la producción del texto y también a la lectura posterior. Podríamos decir entonces que un género es una especie de institución, que hay una serie de leyes comunes que operan y que pueden romperse o respetarse. ¿Cómo no va a tener consecuencias políticas la ruptura de una reglamentación? ¿Cómo no va a tener consecuencias políticas una intervención en un espacio de lo común (de lo comunitario), como es un género o como es un arte o como son los conceptos que esa obra da a pensar y a ver?

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Publicado el mayo 15, 2012 en Fuera del tarro. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Interesante. Voy a releerla de nuevo. Fijate que tenes un error en el nombre del autor del texto que citas, es Benyo.

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  2. Me quede colgado con la pregunta final, “¿Por qué la parodia no es política?”. Calculo (por lo que venís argumentando previamente) que lo que querés decir es que porqué la parodia no podría de ningún modo ser política, que es lo que parece afirmar el autor que citas. Sino debería entender que estas afirmando que la parodia es siempre política, y no creo que sea así. La parodia es un recurso como cualquier otro y puede o no tener un objetivo político, pero eso no viene dado de antemano por el recurso en sí sino que depende de su uso. Es más, por lo general (y en esto me acerco quizás un poco a la descripción que realiza el autor que citás, Banyo o Benyo) la parodia no suele tener un trasfondo muy político que digamos. Uno recuerda más las parodias mordaces que pretenden llevar a cabo una crítica en algún sentido pero, si te pones a prestar atención, estamos rodeados (más hoy día con la saturación de mensajes que provoca la industria cultural) de parodias con un objetivo meramente humorístico que no buscan modificar nada, cuyo ejemplo paradigmático son las pelis tipo “Scary movie”. La parodia, muchas veces (como dice Pastormerlo, que no es algo que haya inventado yo) en lugar de “romper” las reglas de un género no hace más que “confirmarlas” al exagerarlas y llevarlas a su máxima expresión. Ese tipo de parodia confirma, entonces, la imagen más estereotipada del género, y si uno es capaz de reirse es porque es capaz de reconocer las normas que se estan parodiando (por ejemplo, con la serie de peliculas de “La pistola desnuda”, donde uno reconoce a cada paso rasgos típicos del policial de los cuales se están burlando). (Aclaración: uso ejemplos de películas hollywoodenses porque son más conocidos por todos y bien estereotipados). Saludos!

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    • Y… Afirmar o rechazar unas reglas: ¿las consecuencias de la carnavalización, para Bajtín, no terminaban siendo políticas? Lo que quiero decir es que puede que el tema no sea político, pero el procedimiento sí tiene consecuencias políticas (más específicamente jurídicas, porque apelan al conocimiento de las supuestas leyes de un género).
      Gracias por pasarte y comentar, Nicolás!

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