El demonio de la analogía (apología demonológica)

El demonio de la analogía
El enemigo jurado de Saussure era la arbitrariedad (del signo). La suya es la analogía. Desacredita las artes “analógicas” (el cine, la fotografía), los métodos “analógicos” (la crítica universitaria, por ejemplo). ¿Por qué? Porque la analogía implica un efecto de Naturaleza: constituye a lo “natural” en fuente de verdad; y lo que agrava la maldición de la analogía es que es irreprimible (Ré, 23): en cuanto una forma es vista, tiene que parecerse a otra cosa: la humanidad parece estar condenada a la Analogía, es decir, en resumidas cuentas, a la Naturaleza.
Barthes, Roland: Roland Barthes por Roland Barthes (1975)
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Rechazar la analogía, según Barthes, porque produce un efecto de naturaleza: la verdad está ahí afuera. Su lucha, como la de sus coetáneos, fue contra las argumentaciones que ponen a “lo natural” como verdadero (e inversamente a lo verdadero como natural); su programa, como el de sus coetáneos, fue el de desnaturalizar absolutamente todo, o, en otras palabras, probar que nada es natural y que aquello que aparenta serlo ha sido sometido a un largo y trabajoso proceso de naturalización.
El pensamiento analógico trabaja fuertemente en el momento de leer la historieta. La (re)composición de un movimiento hipotético por inducción a partir de la colindancia de dos viñetas (concepto que también valdría cuestionar, porque suelen haber “movimientos” hacia adentro de la viñeta) es operar por analogía. Porque la verdad está ahí afuera: si el mundo se mueve, y las narraciones se mueven como el mundo, entonces la historieta debería moverse o aspirar a un movimiento.
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La diferencia es que en el mundo las cosas son en el tiempo (el movimiento se produce en el tiempo) y la historieta es en el espacio. Nos hemos desgarrado las vestiduras para demostrar lo más obvio: que la historieta no se mueve. Nos hemos esforzado por probar que leer historieta esperando que se muevan es pensarlas desde otro paradigma (el del cine) de más jerarquía.
Sin embargo, ¿es necesario evitar ese modo de trabajar de la lectura? Sería necio hacerlo. El juego de la lectura consiste en el acontecer de un contacto, el del lector y su lectura, como si se tratase de dos reactivos al azar; este contacto produce conexiones: ambos elementos se apelan mutuamente, se acomodan al otro, y esas conexiones se proyectan a distintos órdenes de experiencia, uno de los cuales, indudablemente, va a ser el movimiento, la experiencia de las mutaciones del mundo.
Hasta tal punto la analogía tiene una gravitación particular sobre las artes de la narración gráfica que puede erigirse como generadora de valor, produciendo la preferencia de los dibujos animados por sobre la historieta justamente porque se mueven (¿qué será lo que dota de anima a esos dibujos, lo que los asemeja a lo viviente? Esto mismo: que se mueven).
Las historietas no se mueven. Las historietas no aspiran a querer moverse. También es necio hablar de movimiento en historietas. Pero (siempre hay uno) somos lectores cínicos. Sabemos cómo es el juego. Sabemos que buscar movimientos donde no los hay nos predispone a leer de una sola manera, cuando las conexiones que hacen los objetos en la página desbordan la sola tendencia al movimiento. Hay que jugar el juego, leer jugando y que lo que se mueva sea la lectura.
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Publicado el febrero 21, 2014 en Reflexiones que parecen importantes. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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