La tristeza es un arma cargada de futuro

Parece que en los últimos tiempos han aparecido unas cuantas narraciones que interrogan las formas en que los tiempos últimos ocurrirán (o, según ese vicio periodístico, ocurrirían). En la que me parece más emblemática, The Walking Dead, el apocalipsis suma a la ausencia del Estado y de sus instituciones el acoso asfixiante de lo no viviente (esa figura tan de moda: el zombie). El fin del mundo desacomoda los límites entre lo vivo y lo muerto, y, trastocada esa ley (puesto que emerge, literalmente, un espacio intermedio: lo no-muerto), aparece la excusa del tiro certero para arreglar lo desarreglado.

TWD, fatalmente, me interesa poco. Tristeza, en cambio, me interesa de veras.

Es que la primera tiene esa estridencia del apocalipsis zombie que me molesta. Donde hay zombies, la cacería se lleva todas las luces, y, salvo series como In the flesh (única en su especie, por lo que se, y recientemente cancelada), lo que menos se plantea en estos relatos son interrogantes. Sin embargo, la ausencia del Estado (y el Estado como ausencia) aparecen una y otra vez casi como un síntoma. Parece como si en tiempos en que algunos denuncian no ya el fin del capitalismo sino su mutación hacia otra forma (una en la que su mejor consumación no es de la mano de un Estado democrático) hace falta volver a interrogar -a imaginar- el apocalipsis en tanto que fin de ciclo, de un estado de cosas, para revelarnos algo del nuestro.

Tristeza, decíamos, (nos) plantea interrogantes: ¿cómo podría ocurrir el apocalipsis? ¿qué viene después del apocalipsis? Y finalmente ¿cómo suplantar al Estado como lazo de asociación cuando el mundo se terminó?

El fin del mundo como concepto de ficción siempre es mentiroso, porque el mundo no puede terminarse sin perjudicar las posibilidades de que exista la ficción. Entonces, la condición para que haya historia es que quede algo. Quedarán sujetos que sobrevivan al final del mundo conocido, o en otras palabras del “sistema”.

¿Cómo ocurre un fin del mundo? En esta ocasión, ocurre con la transmisión de un virus animal a los seres humanos (como aquel mito del origen del VIH): la anaplasmosis y babesiosis bovinas se traspasan (lógicamente por ingesta: todos comemos asado o churrasco en Argentina) y a partir de entonces los hombres también estarán clínicamente tristes. (Esta tristeza, se ve en los pocos flashbacks de la primera parte, tiene la forma de un proceso de zombificación: primero los sujetos incuban la enfermedad, donde están tristes y desganados, y después “se ponen locos”, como dice algún personaje). Así se constituye el verosímil apocalíptico de la historia.

[Desfasajes de la ciencia ficción: informándome sobre la tristeza bovina encontré que ya hay vacunas en desarrollo para curarla. Como le pasó a Verne y a tantos otros, el tiempo le gana la carrera a la imaginación.]

Sin embargo, la pregunta más visible de Tristeza es por la organización, como dijimos antes. Pero por la organización de lo que vive, y en esto, creo, la historia misma excede los planteos de la contratapa.Spoiler-Alert

La primera parte presenta un estado de organización casi familiar, el grupo es pequeño y está asociado con el fin de sobrevivir y nada más. La jerarquía obedece a un matriarcado incipiente, aunque algunos de los personajes con ascendencia en el grupo discuten la autoridad de esta mater familias.

En la segunda parte, el ingreso del grupo protagónico en una comunidad mayor muestra dos cosas. La primera, que esta comunidad a la que entran funciona a partir de una lógica de la eficiencia: la cuestión ya no es la supervivencia simple y sencilla sino que acá empieza a primar una voluntad de acumulación y crecimiento. La segunda es que la tecnificación del sistema implica la pérdida de unas libertades individuales que no todos están dispuestos a conceder.

[Una idea sobre esta segunda parte: un ingeniero deja paso a un arquitecto; una comunidad rígida, verticalista, asfixiante y calculada es reemplazada por un régimen más humanista y abierto a la negociación. Este pasaje está presentado por el ingeniero como algo natural, casi inevitable. Detalles más, detalles menos, esta simetría es interesante para pensar preconceptos sociales sobre ambas profesiones. No carguemos con la culpa al guionista: es conocido aquella extendida fama de que los arquitectos son ingenieros sin huevos.]

No obstante, además de la organización de lo comunitario, hay otra estratificación que atraviesa la historia. Tenemos por un lado a los tristes, que se dejan morir. Por otro lado, a los que bailan, que se dedican constantemente a ese delirio de autosatisfacción desenfrenada. Y por último, a los restantes. Estos que quedan tienen la cualidad fundamental de que se resisten: a que les gane la tristeza o la locura, a que les digan todo lo que tienen que hacer o les impongan un credo. Por ahí, creo, se empieza a definir, en Tristeza, lo irreductible de la condición humana.

Pero la última resistencia (la que atraviesa la obra, diría yo) es entre dos humores: correrse de ser solamente un triste, de dejarse morir, dejarse fagocitar por el presente, pero también de ser sólo alegre, de dejarse arrebatar por el delirio para bailar y fornicar sin ton ni son. La composición de los humores, como lo veían los medievales: todo en su medida justa para que el ser esté en armonía. Ser humano, en Tristeza, implica ese equilibrio: tener la alegría justa de entender que se está vivo, que hay una fuerza que nos arrastra hacia el futuro, y tener la tristeza justa para recordar el pasado, admirar a la distancia todo lo que desapareció (cosas, personas, costumbres).

Sin tristeza, no puedo dejar de extender la invitación a que lean Tristeza, una de las buenas alegrías que nos ha dado la industria editorial de historietas argentinas en el año pasado.

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Publicado el marzo 4, 2015 en Historieta Argentina, Lecturas, utopía y ciencia ficción. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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