La mirada realista de “La Sudestada”

Después de todo hay (habría) realismo. Es una cuestión de modos, y no de resultados, claro. Hay que olvidar los colosales proyectos realistas del siglo XIX en donde la novela (el texto) copiaba al mundo, lo traducía en lenguaje, lo hacía mover en sus páginas, lo re-presentaba perfectamente.
Hay (habría) realismo, está bien. Hace tiempo nos enseñaron que todo aquello era una gran farsa, que representar no es hacer aparecer a la cosa misma por otros medios distintos de los que le son propios. Hay (habría) un realismo fundado en la mirada (es, ya dijimos, una cuestión de modos: de modos de mirar), en una mirada que en el texto va a hacer equivaler dos cuentas de cuerpos, la de los que nos cohabitan con la de los que van a estar allá, del otro lado de la representación.
La mirada de Juan Sáenz Valiente es realista, y su realismo se puede ver, creo, sobre dos ejes o dos vertientes.
La vertiente de la mostración, por un lado, la podemos deducir de gran parte de su obra tomándola como un continuo. En ella se ve una compulsión por el detalle, por la documentación, por localizar las acciones en escenarios evocadores de espacios posiblemente transitados, si no por todos los lectores, al menos por algunos de ellos. También podemos apreciar esa mirada en sus observaciones no ya sobre los cuerpos, sino por lo que le da a cada uno su particularidad, lo que los hace distintos a los demás cuerpos y de los modelos de cuerpo que atraviesan nuestra imaginación. Así, los personajes de Juan son gordos, arrugados, narigones, culones, encorvados, y eso los acerca (la mirada realista siempre acerca y no otra cosa) a los cuerpos de nuestro mundo.
Pero lo que me parece más particular de su última obra, “La sudestada”, su primer narración más o menos extensa con guión propio, es que la mirada realista de Saenz Valiente ya toma cuerpo en las decisiones narrativas, y sobre todo en una muy específica, que funciona como uno de sus puntos de partida para la producción de la novela gráfica: Sáenz Valiente se propone contar una historia que no se enmarque en el género policial pero que esté protagonizada por un detective privado de barrio. Su proyecto será no ya contar lo detectivesco de Dupin o de Holmes sino correr esto mismo de la estridencia y pensar (y contar) cuál es el trabajo del detective privado de carne y hueso.
Como resultado, su detective será contratado para averiguar secretos pequeños: algo no dicho en un trámite de sucesión problemático, lo que ocultan los postulantes a un trabajo o el destino secreto de los viajes de una señora de la high class.
Si el secreto está en el fondo, escondido, la sudestada va a dejar todo revuelto, sacando a la superficie lo que antes estaba sumergido. La mirada realista de Sáenz Valiente le da un marco abrumadoramente carnal a esta serie de transformaciones de conocimiento que marcan el ritmo de una de las historietas que más disfruté de haber leído durante este primer semestre de 2015.

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Publicado el junio 16, 2015 en Historieta Argentina. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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