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Los últimos años del comic: breve panorama de una evolución, por Thierry Groensteen

Los estudios históricos de Smolderen antes mencionados han mostrado que los cómics son un medio que se renueva constantemente. Los cómics modernos han sabido ganarse un nuevo público lector y han inventado nuevos formatos (dos evoluciones sintetizadas en el concepto de “novela gráfica”, con lo difícil que es definirla). Ha habido cierta feminización del cómic como profesión. Se ha ganado espacio en el terreno de la intimidad, lo confesional y las narrativas del yo. El Ouvroir de Bande Desinée Potentielle [Taller de Cómic Potencial] ha transformado la experimentación y el juego con el código de este medio en un manifiesto, y, podría decirse, en una filosofía de la creación. Y la larguísima tradición de cómics mudos ha sido revivida por el innovador trabajo de Françoise Ayroles, Peter Kuper, Shaun Tan, Lewis Trondheim, Jim Woodring y muchos otros.
Quizás, más interesante que la proliferación de cómics que carecen de texto sea el hecho de que los cómics “hablados” parecen haber descubierto las virtudes del silencio momentáneo, del decir reprimido, de la pausa. En el pasado, los cómics eran muy habladores: la imagen estaba, a menudo, sumergida bajo palabras y sofocada por verborreas. Los artistas contemporáneos no tienen miedo de apagar el sonido cuando sea necesario, de darle al dibujo algo de espacio para respirar, de permitir pensar en imágenes, y de engendrar una emoción visual. Los cómics han aprendido a controlar su ritmo.
Otro cambio sísmico en la creación de cómics es el abandono del dogma de la uniformidad de estilo. Ya discutiré los distintos estadios, manifestaciones y consecuencias de este desarrollo. Un artista puede ofrecer ahora un amplio rango de diferentes estilos gráficos dentro de una sola obra, y, entre ellos, darle lugar al boceto, a lo inconcluso, o a graficar líneas que que le faltan seriamente el respeto al imperativo de la transparencia óptima y la legibilidad inmediata.
Como regla general, la industria de los cómics perpetúa el imperialismo de las series y del héroe, junto con normas estéticas obsoletas correspondientes a un período clásico ya lejano, aún cuando, como concesión a la modernidad, está preparada para perturbar las puestas en página o desplegar todo un arsenal de efectos especiales habilitado por el proceso de coloreado digital (al igual que la mayoría de las películas producidas en masa por la industria cinematográfica están técnicamente bien hechas pero carecen de originalidad). El arte del cómic auténticamente moderno prospera más cómodamente en los márgenes, ya sea en casas editoriales de literatura que, habiendo llegado tardíamente al cómic, están menos agobiadas por el peso de la tradición, o por editores independientes o alternativos.
Desde los 90’s, se ha ensanchado la brecha entre las ambiciones y los procedimientos de lo formulaico, la producción de cómics comerciales diseñados para un mercado masivo, y aquellos cómics de autor más distanciados del imperativo de maximizar los márgenes de ganancia, más enfocados en la individualidad creativa y más receptivos a influencias artísticas externas al “noveno arte”. (No es sorpresivo que los cómics para niños sigan estando mayormente atados a las normas de las series del mercado masivo. Por una parte, esto es porque la producción de editores literarios o alternativos está esencialmente dirigida a los adultos, y, por el otro, se debe a que el ideal de legibilidad impuesta por cómics producidos comercialmente garantiza su rápida accesibilidad a los lectores menos expertos).

(Traducción mía de un fragmento de la Introducción a “Comics and Narration“, traducción yanqui del libro de Groensteen)

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Žižek sobre la matanza de Charlie Hebdo: ¿Están los peores realmente llenos de apasionada intensidad?

Ahora, que todavía estamos en shock por la matanza de las oficinas de Charlie Hebdo, es el momento adecuado de juntar el coraje para pensar. Deberíamos, por supuesto, condenar sin ambigüedad la matanza porque es un atentado contra la sustancia misma de nuestras libertades, y hacerlo sin advertencias ocultas (del tipo de “Charlie Hebdo igual había provocado y humillado a los musulmanes por demás”). Pero ese pathos de solidaridad universal no es suficiente; debemos pensar más allá.

Y ese pensar no tiene nada que ver con la relativización barata de los crímenes (el mantra de “¿quiénes somos nosotros, occidentales, perpetradores de terribles masacres en el Tercer Mundo, para condenar semejantes actos?”). Tiene incluso menos que ver con el miedo patológico de varios occidentales liberales de izquierda de ser culpables de islamofobia. Para estos falsos zurdos, cualquier crítica del Islam será denunciada como una expresión de la islamofobia occidental; Salman Rushdie fue denunciado por provocar innecesariamente a los musulmanes y por esto (parcialmente, al menos) de ser responsable de la fatua que lo condenaba a muerte, etc. El resultado de esa postura es lo que uno puede esperar en tales casos: cuanto más los occidentales liberales de izquierda revisen sus propias culpas, más serán acusados por los fundamentalistas musulmanes de ser hipócritas que intentan ocultar su odio hacia el Islam. Esta constelación reproduce perfectamente la paradoja del super-yo: cuanto más obedecés lo que el Otro te demanda, más culpable sos. Es como que cuanto más toleres al Islam, más vas a tener su presión encima tuyo…

Por esto también encuentro insuficientes los llamados a la moderación en la linea del reclamo de Simon Jenkins (The Guardian, 7 de enero) de que nuestra tarea es “no exagerar la reacción ni exagerar la publicidad de las consecuencias. Es tratar a cada evento como un horrible accidente pasajero”; el ataque a Charlie Hebdo no fue un mero “horrible accidente pasajero”. Siguió a una precisa agenda política y religiosa y era, como tal, claramente parte de un patrón mucho más amplio. Por supuesto que no debemos exagerar la reacción, si por esto se entiende que sucumbamos a la ciega islamofobia; sin embargo, debemos analizar este patrón implacablemente.

Más que la demonización de terroristas convertidos en heroicos fundamentalistas suicidas, es necesario desacreditar ese mito demoníaco. Hace mucho, Friedrich Nietzche percibió cómo la civilización occidental se estaba moviendo hacia el camino del Último Hombre, una criatura apática sin grandes pasiones ni compromisos. Incapaz de soñar, cansado de la vida, el Último Hombre no corre riesgos, y está en la sola búsqueda de comfort y seguridad, una expresión de la tolerancia con los demás: “Un poquito de veneno cada tanto: eso sirve para tener sueños placenteros. Y mucho veneno hacia el final, para una muerte placentera. Ellos tienen sus pequeños placeres diurnos y sus pequeños placeres nocturnos, pero tienen un aprecio por la salud. ‘Hemos descubierto la felicidad’, dice el Último Hombre, y pestañea.”

Efectivamente puede parecer que la brecha entre la permisividad del Primer Mundo y las reacciones fundamentalistas contra eso corren más y más por las líneas de la oposición entre llevar una vida llena de riqueza cultural y material y dedicar la propia vida a una Causa trascendental. ¿No es este antagonismo lo mismo que Nietzsche llamaba nihilismo “activo” o “pasivo”? Nosotros, en Occidente, somos el Último Hombre nietzcheano, inmersos en estúpidos placeres diarios, mientras que los musulmanes radicalizados están listos para ponerlo todo en juego, ocupados en la lucha por su autodestrucción. La segunda venida de William Butler Yeats parece retratar perfectamente nuestro dilema: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”. Esta es una excelente descripción de la actual separación entre los anémicos liberales y los apasionados fundamentalistas. “Los mejores” ya no están capacitados para comprometerse completamente, mientras que los peores se comprometen con los fanatismos racista, religioso o sexista.

Sin embargo, ¿los terroristas fundamentalistas caben de hecho en esta descripción? De lo que obviamente carecen es de una característica fácilmente distinguible en todos los verdaderos fundamentalistas, desde los budistas tibetanos hasta los amish en los EEUU: la ausencia de resentimiento y envidia, la profunda indiferencia hacia el modo de vida de los no creyentes. Si los así llamados fundamentalistas de hoy realmente creyeran haber encontrado su camino a la Verdad, ¿por qué sentirse amenazados por no creyentes, por qué envidiarlos? Cuando un budista se encuentra con un hedonista occidental, difícilmente lo condene. Él sólo nota buenamente que la lucha del hedonista por su propia felicidad implica su propia derrota. En contraste con los verdaderos fundamentalistas, estos terroristas pseudo-fundamentalistas están profundamente molestos, intrigados, fascinados por la vida pecaminosa de los no creyentes. Puede percibirse que al combatir al otro pecaminoso, están combatiendo a su propia tentación.

Aquí es donde el diagnóstico de Yeats queda corto con respecto a nuestro presente dilema: la apasionada intensidad de los fundamentalistas da testimonio de una verdadera falta de convicción. ¿Cuán frágil serán las creencias de un musulmán si este se siente amenazado por una caricatura estúpida publicada en un semanario satírico? El terror fundamentalista islámico no está fundado en la convicción de los terroristas sobre su superioridad ni en sus deseos de salvaguardar su identidad cultural-religiosa de la arremetida de la civilización del consumismo global. El problema con los fundamentalistas no es que nosotros los consideremos inferiores, sino que, en cambio, ellos mismos se consideran secretamente inferiores. Por esto, nuestra condescendencia políticamente correcta que asegura que no sentimos ningún tipo de superioridad frente a ellos solo los hace enfurecer más y les alimenta el resentimiento. El problema no es la diferencia cultural (sus esfuerzos por preservar su identidad), sino el hecho opuesto de que a los fundamentalistas ya les agradamos, de que, secretamente, ya han internalizado nuestros estandards y se miden de acuerdo a ellos. Paradójicamente, lo que les falta a los fundamentalistas es precisamente una dosis de la verdadera convicción “racista” de su propia superioridad.

Las vicisitudes recientes del fundamentalismo musulman confirman la vieja percepción de Walter Benjamin de que “cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida”: el ascenso del fascismo es un fracaso de la Izquierda, pero es simultáneamente prueba de que había potencial revolucionario, una insatisfacción, que la Izquierda no ha sabido movilizar. ¿Y vale lo mismo para aquello que hoy llaman “islamo-fascismo”? ¿El ascenso del islamismo radical no es acaso exactamente correlativo de la desaparición de la Izquierda secular en los países musulmanes? Cuando, allá por la primavera de 2009, los talibanes tomaron el valle de Swat en Pakistán, el New York Times reportó que ellos habían instrumentado “un levantamiento de clase que explota profundas fisuras entre un pequeño grupo de terratenientes millonarios y sus arrendatarios sin tierras”. Si, no obstante, por “tomar ventaja” de los aprietos de los grajeros, los talibanes están “dando la alarma acerca de los peligros de Pakistan, que permanece mayormente feudal”, ¿qué impide tanto a los demócratas pakistaníes como a los norteamericanos “tomar ventaja” igualmente de estos aprietos y ayudar a los granjeros sin tierras? La triste implicación de este hecho es que las fuerzas feudales en Pakistán son las “aliadas naturales” de democracia liberal…

¿Y entonces qué pasa con los valores centrales de la democracia: libertad, igualdad, etc? La paradoja es que el liberalismo no es en si mismo lo suficientemente fuerte como para salvarlos de las arremetidas fundamentalistas. El fundamentalismo es una reacción -una reacción falsa, mistificante, claro- contra la falla real del liberalismo, y por esto mismo es generado una y otra vez por el liberalismo. Abandonado a su suerte, el liberalismo va a ir debilitándose; lo único que va a poder salvar sus valores centrales es una Izquierda renovada. Para que este legado clave sobreviva, el liberalismo necesita la ayuda hermanada de la Izquierda radical. ESTA es la única manera de derrotar al fundamentalismo, barrer el piso bajo sus pies.

Pensar en respuesta a la matanza de París significa dejar atrás la autosatisfacción petulante del liberal permisivo y aceptar que el conflicto entre la permisividad liberal y el fundamentalismo es, en última instancia, un falso conflicto; un circulo vicioso de dos polos opuestos generándose y presuponiéndose entre sí. Lo que Max Horkheimer dijo acerca del fascismo y el capitalismo allá por 1930 -aquellos que no quieren hablar críticamente del capitalismo también deberían callar sobre el fascismo- debería aplicarse al fundamentalismo actual: aquellos que no quieran hablar críticamente sobre la democracia liberal, también deberían callar acerca del fundamentalismo religioso.

[Traducción mía de un texto de Slavoj Žižek. La fuente, acá.]

Las extraordinarias aventuras de Alan Moore (de Gaiman y Buckingham)

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Encontré esta historieta perdida (créditos al scanner original, de cuyo nombre no quiero acordarme) y la traduje. No hace falta un ojo muy fino para reconocer en el niño que se acerca a Alan al diseño que Buckingham le va a dar a Pinocchio en Fabulas, historieta que viene dibujando regularmente desde hace tiempo con guiones de Bill Willingham.

Groensteen for dummys (hacia una definición, de una vez por todas)

“Si uno quisiera proporcionar la base para una definición razonable de la totalidad de las manifestaciones históricas del medio, y también para todas las otras producciones que no han sido realizadas todavía pero son teóricamente concebibles, hay que reconocer el juego relacional de la pluralidad de imágenes interdependientes como la única fundamentación ontológica de las historietas. La relación establecida entre estas imágenes admite varios grados y combina varias operaciones, que distinguiré más adelante. Pero su denominador común y, por lo tanto, el elemento central de las historietas, el primer criterio en el orden fundacional, es la solidaridad icónica. Yo defino esto como imágenes interdependientes que, al participar en una serie, presentan la doble característica de estar separadas -esta especificación deja fuera a imágenes únicas y cerradas dentro de una profusión de motivos o anécdotas- y están plástica y semánticamente sobredeterminadas por el hecho de su coexistencia in praesentia.
[…]

“Las historietas se van a encontrar con un problema similar a aquel que tanto preocupó al mundo de la literatura. Todos admiten que no es suficiente con solamente amontonar palabras para hacer una obra literaria, por la razón de que “de todos los materiales entre los que que la humanidad puede utilizar en las artes, el lenguaje es tal vez el menos específico, el menos avocado a este fin.” [Genette, Gérard: Fiction et diction, 1991, pp. 11-12]. Retomando un debate abierto en la época de Aristóteles, Gérard Genette pugna por definir los criterios de la literaturidad, es decir las condiciones por las que un texto puede ser reconocido como literario. Concedo igualmente a los “esencialistas” que no es suficiente con amontonar imágenes, incluso interdependientemente, para producir una historieta. Unas cuantas condiciones más pueden ser legítimamente debatidas, entre las que tocarían prioritariamente en principio la “naturaleza” de estas imágenes (su sustancia, su modo de producción, sus características formales), seguido de su(s) modo(s) de articulación, eventualmente hasta la forma de publicación que toman, la distribución y las condiciones de recepción- en suma, todo lo que las inscribe en un proceso específico de comunicación. Pero es improbable que se alcance la unanimidad en alguna de estas condiciones.” [Groensteen, Thierry: The system of comics (‘Système de la bande dessinée’, traducido al inglés por Bart Beaty y Nick Nguyen), 2007, pp. 18-19

Me gusta esta partecita de la introducción por dos cosas. Primero, porque es al mismo tiempo bien polémica y política (tiene en cuenta las posibilidades de un acuerdo, discute con otros teóricos -sobre todo en partes que no traduje- y con otras tentativas de definir otros géneros de diferente jerarquía que la historieta -acá se ve la literatura, pero también habla de cine-). Pero también, y más allá de que la idea de la “solidaridad icónica” me parezca más o menos feliz, porque, al menos desde las intenciones, Gronesteen está tratando de pensar todos los ribetes constitutivos de la historieta: no sólo que, en el aire, lo importante es que la historieta es una serie imágenes interdependientemente dispuestas una al lado de otra en un mismo espacio, sino también su manera de circular, su manera de ser concebidas según un modo de circulación, la manera en que estas imágenes son producidas, la manera en que se leen estas historietas. Me parece que está bien eso, porque no se puede pensar un arte alejado de la manera en que se produce (por eso es que son ars).
Supongo que a medida que lea el libro y me gusten otros fragmentos los colgaré y los discutiré (o no). Hay que revivir este blog, che.

Ludmer y la crítica (o “¿Para qué sirve todo esto?”)

La 
crítica
 puede 
servir 
para 
una 
cantidad 
de 
cosas. 
Como 
la 
literatura,
 puede 
servir 
para todo.
 Para 
reflexionar 
sobre 
los 
sentidos 
del 
lenguaje,
 sobre 
la 
cultura,
 sobre 
los 
usos 
del
 lenguaje 
y 
la 
literatura.
 Puede
 enseñar 
a 
leer, 
también, 
de 
otro 
modo. 
La 
crítica… 
¿qué 
sé yo? 
Es 
como 
preguntar 
para 
qué 
sirve 
la 
filosofía, 
o 
la 
matemática. 
Porque 
es 
un
 elemento
 central 
de 
la 
cultura. 
La
 crítica
 es 
literatura 
más 
saber. 
Por 
un 
lado tiene 
que 
traer 
un 
saber ‐filosófico, 
lingüístico, 
antropológico,
 psicoanalítico‐; 
pero 
por 
otro 
lado 
la 
crítica 
es también 
literatura, 
porque 
es 
también
 escritura. 
Hay un 
abismo 
brutal 
en 
el 
paso 
del análisis 
a 
la 
escritura. 
Y 
ahí, 
ya 
estamos
 en 
la 
literatura.
 Yo 
no 
puedo
  tolerar 
una 
crítica
 mal escrita, 
una 
crítica “redactada”. 
¡Uf! 
No 
puedo. 
Eso, 
repito, 
no 
es 
absolutamente 
nada. (Fuente)

Es medio paradójico hablar de algo que en este blog se está haciendo cada vez menos (mea culpa: estoy con poco tiempo y pocas ideas). Sin embargo, la pregunta sobre la necesidad o la utilidad de la crítica siempre vuelve. ¿Para qué la crítica? ¿Para qué criticar? ¿Para que escribir la crítica? ¿Para qué escribir crítica de historietas?

[La entrada es, a la vez, una especie de homenaje a una persona de la que en algún momento he aprendido algo y hoy ya no está entre nosotros (nos enteramos hace poco, ella se fue hace más o menos un año).]

Ludmer, lógicamente, habla de la crítica literaria. Hacer crítica literaria (hacer lo que algunos llaman, con tono solemne, la “ciencia de la literatura”) tiene el problema de que el lenguaje de la crítica y el de su objeto son el mismo. Por eso, la conciencia inicial de Ludmer de que hacer crítica literaria no es una actividad demasiado diferente a hacer literatura es bien interesante. Diferencia con las historietas: su lenguaje materialmente híbrido no es el mismo que el de la crítica. Sin embargo, los que hacemos crítica no tendríamos que olvidarnos de que no hacemos otra cosa que usar un lenguaje, construir un estilo, elaborar estrategias para que ese lenguaje resistente hecho de palabras y dibujos se deje decir por el lenguaje de la crítica. Quizás también estemos cerca de la literatura, pero por otras razones.

Por otra parte, es interesante esa relación con el saber de la que habla Ludmer: “la crítica es literatura más saber”. El plus que puede aportar la crítica viene de la mano con proponer una serie de relaciones heterogéneas y exteriores al objeto de crítica.

Yo veo dos desafíos en la escritura de crítica: por un lado, ese experimento incesante de escritura en el que se busca decir hasta lo imposible; y por el otro esa necesidad de la aportación de conocimiento, que no es lo mismo que aportar datos: mostrar una forma de leer, de relacionar, de describir y de hacerse cargo de un goce que atraviesa toda esa escritura (un goce doble: el goce del lenguaje, pero también el goce del objeto).

Espero poder volver a encontrar el tiempo para escribir. Por ahora, siguen las preguntas y las únicas respuestas que encontramos son nuevas preguntas. Eso, me parece, es algo parecido a la salud.

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