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El próximo sábado en Crumb…

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Calvin & Hobbes #347

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Veraniegas: lectura, pedagogía y el tiro del tigre.

Hace tiempo que dijimos, siguiendo con cierta libertad a Deleuze, que toda ejecución de un lenguaje, además de darnos cosas a interpretar (datos, ideas, conceptos, flujos, transiciones, procesos, etc) nos “enseña” cómo interpretarla (y más aún: qué debe interpretarse) según su modo particular de existir (creemos firmemente que ningún lenguaje se ejecuta de manera pareja y equivalente en cada emisión, en cada sujeto, en cada lugar, en cada tiempo and so on).
Aquella vez, mamarracheé una historieta de Ware para intentar entender y mostrar cómo esta nos enseñaba al mismo tiempo a leerla y a plantarnos frente al modo particular que tiene Ware de disponer imágenes en secuencia sobre un soporte plano.
En mi caso particular (disculpas por la deriva autobiográfica), cuando empecé a leer a Ware aprendí un poco a pensar en eso que se suele llamar el “ritmo” de la historieta. Como en la poesía, el ritmo es un pulso, una manera de fluir en el tiempo que tienen las historietas (una manera particular, porque las historietas son antes que nada la ocupación de un espacio, pero que transcurren en el momento de la lectura, que es un tiempo, una duración). Chris Ware maneja esos ritmos densos, de un tiempo que parece que nunca se decidiera a pasar, y quizás sea por eso que empecé a percibirlos ahí y después en otras historietas. Y así uno va aprendiendo cosas, se va haciendo de armas a medida que lee. Porque, como decía un gran maestro mío: a leer se aprende leyendo.
Entonces vengo a decir lo obvio: hay historietas que nos enseñan cosas. No tienen que ser necesariamente avatares de la estructura de su lenguaje, como veíamos en Ware (que nos hace ver casi siempre las potencialidades y los límites de la historieta), ni los avatares de la existencia o las normas de la buena educación. Sólo cosas, de distinto orden y distinta importancia. A veces poco, casi nada.
Hace un mes terminé de leer Bakuman, cuya edición acaba de concluir Ivrea. Y digo: es una historieta que me ha enseñado cosas.
Hace rato vengo queriendo hablar de Bakuman, pero en este caso sólo lo voy a hacer parcialmente. Con spoilers (los que no terminaron de leerla, rajen ya) y también aprovechando para hablar de otro manga.
Bakuman cuenta la historia de dos adolescentes japoneses que persiguen y alcanzan el sueño de trabajar para la revista Shonen Jump publicando una historia extensa que se transforma en un anime.
El resumen grosero que acabo de hacer parte de dos o tres datos que Bakuman pone en escena y que básicamente son sus propias condiciones de posibilidad: la revista Shonen Jump es la publicación de manga de mayor tirada de Japón, con mayor cantidad de mangas legendarios publicados y que permite a los autores llegar al mercado de la animación más rapidamente. Es, además, una revista de manga para varones adolescentes y adultos jóvenes, y se caracteriza por publicar en sus páginas principalmente mangas de lucha (de sus páginas surgieron Dragon Ball o Naruto, mangas que han marcado sus épocas en el género).
Bakuman es, entre otras cosas, un manga sobre las condiciones que permiten que un manga llegue a existir y a desarrollarse. Y en este sentido nos abre los ojos a percepciones sobre la cocina del manga, que por lo general uno siempre olvida. Porque, vamos, siempre que llegamos a un texto lo leemos como algo dado, ya hecho, y nos olvidamos que en su confección hay un proceso, que no todo está pensado desde el principio y que algunas huellas de ese proceso también pueden llegar a leerse.
En las páginas de Bakuman vemos al dúo Muto Ashirogi trabajar con su editor (una figura también muy olvidada en nuestra comunidad de producción de historietas) para desarrollar y sostener historias a lo largo del tiempo. El sistema de producción de manga en Japón tiene una suerte de rating minuto a minuto que se vale del feedback que envían los lectores para que todos sepan cómo están funcionando las historias y cuáles son las preferidas del público. Cuando los mangakas ven que sus trabajos no logran aceptación tienen un margen para agregarles condimentos a las historias y dar giros argumentales que agraden más al público y así asegurar su perdurabilidad en la revista. Los Ashirogi son especialistas en mangas “alternativos”, menos enfocados en la lucha y más en otros tipos de historia con misterios y distintas trampas a la inteligencia del lector; así son presentados y así se ganan su nombre. Sin embargo, para lograr el sueño de mantener una serie extensa en la revista, nunca descartan opciones tradicionales en momentos en los que se acerca la cancelación de alguna historia: introducir condimentos de mangas de lucha.
Lo que aprendí de este manga es precisamente esto: a pensar las historias extensas como un proceso y, en el caso particular del manga, a pensar si en algún momento el autor introduce algún giro argumental en la historia para retener a su público.
Esta idea se me hizo presente leyendo el manga original de Captain Tsubasa (Super Campeones, en Argentina). Y explico brevemente por qué.
Todos los treintañeros conocemos la historia porque seguramente sea parte de nuestra educación sentimental (lo es de la mía, al menos). Captain Tsubasa es la historia de Tsubasa Ozora, un chico que es un genio del fútbol y se dedica a ganar, corte Messi. Yo me imagino que si hubiera inventado ese manga, en dos tomos se me terminó la cuerda, porque ese chico nunca pierde. Nunca.
Bueno, acá está el acierto de Yoichi Takahashi: a lo largo del desarrollo de la historia se debe haber dado cuenta de que garpaban ciertos procedimientos de los mangas de lucha, y los acomodó a un manga de fútbol. Lo primero que encontró (en el primer o segundo tomo, que ahora no tengo conmigo) es la chilena: Tsubasa consigue hacer goles imposibles de chilena. Hay un partido en el que mete tres goles, todos de chilena. Quien haya visto un solo partido de fútbol sabe lo difícil que es tirar una chilena sola; Tsubasa tira de a tres.
Como la chilena garpaba, después Takahashi introdujo directamente dos personajes que hacían acrobacias: los gemelos Kazuo y Masao Tachibana (Koriotto, en Argentina). Con ellos, empiezan a hacer saltos muy altos, a treparse a los palos del arco y cosas así. Y también inventa a Ken Wakashimazu, el arquero karateka.
Pero el elemento característico de este manga, el que todos recordamos, son los super tiros. Y estos no aparecen sino hasta el tomo 12, es decir, después de cuatro años de publicación. Es después de la final contra el Toho, donde por casualidad Tsubasa y Misaki patean juntos la pelota, que Takahashi “se encuentra” con el tiro gemelo. Ahí introduce a Nitta, que hace el tiro del Halcón, le inventa el tiro del Tigre a Hyuuga y le da un tiro especial a Tsubasa. Antes de eso, nada. Todas chilenas, voleas, cabezazos y cosas por el estilo. Todo esto, además, se ve reforzado por detalles de retórica visual que hacen que veamos las escenas en las que los jugadores patean la pelota como si fueran Goku en el momento de tirar el KameHameHa.

Con el correr del torneo juvenil que juegan con la selección de Japón, Takahashi va agregando otras cosas de los mangas de lucha. Por ejemplo: Ken Wakashimazu se rompe las manos atajando el tiro de fuego de Schneider. A Wakashimazu le sale sangre por dentro del guante y chorrea el piso. En otro momento, un tiro muy fuerte le estalla los guantes a un arquero, como si fuera la ropa de Goku después de que Cell le pega un poder.

Para redondear: está claro que Captain Tsubasa no nos enseña cómo jugar a fútbol, porque el único que puede hacer que la pelota baje cuando parece que fuera a subir es Messi. Pero sí podemos aprender que el balón es tu amigo (je) y que no se hibrida un género por casualidad, sino que son cosas que ocurren en un medio de mucha competencia interna donde el autor va buscando generarse las posibilidades de sostener la publicación de su serie en el tiempo.

Ese vicio de las listas

Revisando mi aplicación de notas del celular me doy cuenta de que hace como tres años vengo haciendo listas de lo que más me gustó en cada año y no las publico. Así que voy a aprovechar para tirarlas así, las tres juntas, sólo separadas por año y sin aclarar demasiado. Digo: diciembre es el mes de los regalos y capaz alguien quiere dejar alguna historieta en el arbolito.

Las listas no están ordenadas jerarquicamente ni tampoco están muy pensadas. Lo vengo haciendo por costumbre: me siento y anoto lo que más recuerdo que leí ese año. En algunos casos no son cosas que hayan sido publicadas ese año, en otros sí. Hay años en que dominan más historietas extranjeras, otros no. Lo que seguramente me pase es que me acuerdo más de lo último que leí. En cualquier caso, si hay algo en esas listas que no haya sido leído hacia el final del año es porque lo disfruté lo suficiente como para recordarlo (mi memoria tiene mucha capacidad para el olvido, por lo tanto es un gran mérito).

2017

Oyasumi Punpun, Guro, Poncho fue, Notas al pie, Norton Gutierrez, Alack Sinner, Hellboy en el infierno (los dos tomos), Diagnósticos, Lo salvaje, Putrefacción.

2016

Sereno, Tiburcio #3, Tumor gráfico, El día más largo del futuro, Aquí, Los habitantes del agujero del comedor, Ombligo sin fondo.

2015

Sandman Overture, Lint, The Bus, El libro del cementerio, Seconds, La sudestada, Bakuman, Pluto, Saga.

El arte de exponer. Mi intervención en el CUH-2017

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