El filisteo (de D. O’Neill – F. Miller)

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El día más largo del futuro: distopía de un hombre que está cansado

Siempre podemos pensar interpretaciones políticas sobre las ficciones distópicas.

Sí, hablamos de ciencia ficción. Y sí, también hablamos de otros mundos imaginarios (o del imaginario como mundos otros). Pero la imaginación no es ni abstracta ni inmotivada, y mucho menos ilógica: la imaginación se expande en los límites de lo pensable, lo pensable es, cuándo no, contorneado por lo coyuntural, y lo coyuntural siempre está acosado por lo político (y entiendo a lo político como ese espacio de disputas y consensos que definen y transforman los límites lo común).

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Portada de la edición argentina a cargo de Hotel de las Ideas

Los alcances del pensamiento distópico se mueven entre los consensos de cómo una sociedad se autopercibe y cómo ésta proyecta su ser futuro. Recordemos, si no, la hipótesis lingüística que está en el fondo de 1984 de Orwell: la lengua es una máquina de hacer infinitas cosas con elementos finitos, de manera que si lográramos la modificación (la amputación) del repertorio léxico de los hablantes, podremos conseguir una transformación estructural de aquello en lo que esa comunidad de hablantes es capaz de pensar, de los alcances de su pensamiento (es decir: de su autopercepción y su capacidad de proyección). De manera que si unos sujetos están impedidos de imaginar mucho más allá de su situación presente (el aquí y el ahora también es fruto de la imaginación) no podrán tomar distancia crítica sobre su circunstancia y, mucho menos, modificarla. La ficción distópica 1984 gira alrededor de esa situación de opresión no solo de los cuerpos sino también de la imaginación.

La distopía nos permite pensar varias cosas en tanto que modo de ejecución de la ciencia ficción. Pero la más importante, según lo que vengo argumentando, sería que en y a través de ella podemos ver una especie de radiografía de un estado de la imaginación, de una imaginación históricamente situada y compartida por sujetos atravesados por diferencias de distintos tipos (de clase, de raza, de sexo-género, de edad, etc), de una imaginación que quiere conjurar el acoso de los avatares políticos de su tiempo.

Como la distopía es un juego con el tiempo (estirar la imaginación hacia un futuro, el peor entre varios posibles), quisiera pensar en “El día más largo del futuro” de Lucas Varela.

¿Por qué me viene como anillo al dedo para seguir mi argumento? Porque ese juego de tiempos de la distopía ya viene en el título de la historieta. ¿Cómo puede haber un día más largo en el futuro? ¿En qué puede verse alterada la medición de una unidad de tiempo invariable (la convención dice que 1 día = 24 hs) en algún momento por venir?

Es que “El día más largo del futuro” hace desplegarse grotescamente dos o tres elementos que atraviesan la fase actual del capitalismo: la corporación (que reemplaza en el neoliberalismo a la fábrica) como espacio en el que los sujetos consumen sus días, la polarización como modo de existencia de estos sujetos y la excepcionalidad del acontecimiento. [Advertencia: si hasta ahora no hice ningún spoiler, no puedo asegurar que no vaya a hacerlo de acá en adelante].

La sociedad que Lucas imagina está regida por dos megacorporaciones identificadas con los colores rojo y azul y con dos caritas particulares, que inundan el espacio de la ciudad con ocasiones para manifestar su disputa por la primacía. Hay sujetos que son parte de una corporación y hay sujetos que son parte de la otra: esta pertenencia se define por sus ropas.

La vida de los sujetos se rige por los tiempos del trabajo: unos tiempos que (recordando la organización fabril de fines del siglo XIX y principios del XX) están pautados y medidos hasta el más mínimo detalle para que la productividad de los personajes sea máxima. Hasta tal punto están regidos por la corporación que no hay posibilidad de escape: a uno de los personajes ni le es permitido suicidarse (unos guardias lo detienen cuando lleva una pistola a la sien en un baño, un lugar, se supone, de máxima privacidad) ni le es permitido soñar (las imágenes de la corporación contaminan y obturan sus fugas imaginarias al paraíso).

La excepcionalidad del acontecimiento es la llegada del extraterrestre, elemento nuevo, que nadie tenía en la cuenta, y que pone en marcha una serie de situaciones que desbordan la cuantificación corporativa de los tiempos y las acciones. Para contener esto las corporaciones deben responder con un gasto impensado de fondos y acciones. Y, ya se sabe, todo gasto impensado es derroche, y todo derroche, para una empresa, es pecado.

Es por esto mismo que el día transcurrido en esta historieta es el más largo del futuro: porque en ese futuro que es todo cálculo y previsibilidad, lo inesperado, el acontecimiento, desatornilla las tuercas de la opresión y gracias a eso algo se pone en movimiento. Algo cambia.

Leamos el vaso medio lleno. Pero también el medio vacío: lo asfixiante de esta distopia es que solo algo verdaderamente excepcional como la venida de un extraterrestre puede dar por tierra con ese entramado corporativo.

En estos tiempos en que probablemente estemos atravesando el bochornoso gasto de fondos y acciones para contener ciertas situaciones que nadie había esperado, leer la hermosamente opresiva historieta de Lucas Varela no puede dañar a nadie: siempre es mejor estar prevenido.

Dibujado así nomás #041

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Dibujado así nomás #040

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